BOWIE 74 AÑOS. CRONICA DE UN CAMALEÓN

En 1967, David Bowie jamás iba a triunfar. Una valiosa lección que Bowie impartió: uno puede esperar hasta el cuarto disco para componer su primera obra maestra y aún así conquistar el mundo (O venderlo)

Pero claro, no todo el mundo es capaz de lanzar un single como Space Oddity (1969) al poco de haber comenzado su carrera. Aquella canción, inspirada en 2001: A Space Odyssey, ilustraba a un Bowie barroco y melodramático, obsesionado con la depresión espacial.

Fue de la mano de Hunky Dory (1971) cuando Bowie, logró situarse a la cima de la vanguardia y del mundo. Todo el mundo quería ser él, o empezaba a querer serlo.

Cinco años después, ‘Space Oddity’ había dado paso a ‘Starman’: la transfiguración de Bowie era completa. En The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders From Mars (1972) lo importante no era él, sino el alter ego que, de un modo u otro, debía definir la primera mitad de su década de los setenta.

¿El mejor Bowie? Difícil de decir, pero sí el más recordable. Ziggy es en sí mismo un motivo para amar la música.

Es justo decir que todos querían ser Bowie, del mismo modo que lo es decir que Bowie quería ser todos. Su carrera es fruto de su necesidad de romper todas las barreras creativas que le rodeaban, de hacer estallar en mil pedazos el molde. Bowie es excepcional porque nadie está ni remotamente cerca de él en método y forma, aunque él se acercara a todos en Pin Ups (1973), un extrañísimo y delicioso modo de matar a The Spiders of Mars y a Ziggy Stardust.

En la cresta de la ola, Bowie optó por enterrar a la leyenda, porque Diamond Dogs (1974) bebe en formas considerables de sus discos previos, pero con paso firme. Diamond Dogs es sucio y es premonitorio, pero ante todo es la prueba de un artista que jamás quiso morir.

A partir de aquí, Bowie cambia. En Young Americans (1975) sale de aquellas maneras: es el particular homenaje de Bowie a la música negra, especialmente al soul. Aquí también sabía brillar, aunque no siempre.

Las dos cimas creativas de Bowie son dos trilogías: Hunky Dory, Ziggy Stardust, Aladdin Sane vs. Low, Heroes, Lodger, grabados en el fantasioso Berlín de la Guerra Fría. Ambas transcurren íntegramente en los ’70 (¡seis discos!) con otros entre medio: Diamond Dogs y Station to Station (1976) (¡ocho discos, diez años!).

Low (1977) fue grabado en Francia, pero mezclado en Berlín, y por su cariz experimental y vanguardista inauguró el primero de tres discos que convertirían a Bowie en un artista esencialmente al margen de toda clasificación genérica. Es, además, el mejor de todos cuantos grabó en colaboración con Brian Eno.

Berlín era un estado mental. A Bowie se le atragantó el krautrock, la revolución sintetizada de Kraftwerk y aquella Alemania de los setenta prodigio de la creatividad y de la mejor música de todos los tiempos, y en el camino parió Heroes (1978), que es un disco experimental cuya memoria está definida por, probablemente, la mejor canción, el mejor single compuesto por Bowie en toda su vida. Si vas a ser el más moderno del lugar, que sea con himnos.

Es una ironía nada casual y la mejor prueba del talento inigualable de Bowie.

Los años ochenta enterrarían a todos. Ni siquiera Bowie, el artista más preparado de su generación para sobrevivirla, fue ajeno a la transformación social y cultural que habría de poner fin a la música pop tal y como se había entendido hasta 1979. Pese a todo, él la llevó con bastante dignidad, antes de despedirla, eso sí, diciendo adiós a Berlín con Lodger (1979), puede que el menor de la trilogía.

Let’s Dance (1983) es el disco más vendido de Bowie hasta la fecha. Un éxito que sorprendió a todos. Pero no es tanta sorpresa: se trataba de un disco en el que un impecable Bowie escupía temazos pegadizos como una ametralladora: El homónimo ‘Let’s Dance’, la inoxidable ‘Modern Love’, ‘Cat People’, ‘Shake It’… Y ‘China Girl’.

Tonight (1984) y Never Let Me Down (1987) son discos pobres. No pasa nada, el propio Bowie los despreció. David estaba vago y se dedicaba a tontear con el cine.

Aunque Lo Gordo vendría con su aparición en Labyrinth (Dentro del Laberinto), donde Bowie se enfundaría unos apretadisimos pantalones y un señor pelucón para dar vida al perturbador Jareth, Rey de los Goblins.

Tras su deriva ochentera, Bowie decidió mandar al carajo a los fans de Let’s Dance y reinventarse. En forma de grupo de rock apabullante y rollo alternativo, profetas (a su manera) del grunge. Aparte de dos discos de guitarreo y violencia sonora, lo más importante de esta época es el combo Bowie-Reeves Gabrels, el músico que ayudó a Bowie a «cargar las pilas» para la década más experimental del artista: los 90.

Pero el disco que le pone en el mapa de los 90 a lo grande es Outside (1995), una locura conceptual de 19 temas con un toque gótico-industrial de guiños constantes a Nine Inch Nails y a los ritmos electrónicos de la época. En Outside vuelven Brian Eno y, de forma indirecta, Major Tom, oculto en ‘Hallo Spaceboy’. El single remezclado por Pet Shop Boys se convierte en un hitazo en 1996.

Bowie vivió el paso de los 90 al nuevo siglo con la calma de quien no tiene nada que demostrar.

Se plantó en 2002 con Heathen (2002), un disco de estudio en el que versionaba sin pudor a Pixies o a Neil Young. El disco vendió bastante en el mercado americano, y Bowie aparecía como un espléndido cincuentón.

A Heathen le sucedió Reality (2003), un disco grabado inmediatamente después, en plena efervescencia creativa y que funciona mejor como conjunto que como canciones sueltas.

Y después… Nada.

Diez años después, Bowie lanza The Next Day (2013), un estupendo disco de rock arty con vídeo polémico incluido y que nos dejó a todos estupefactos. Pero, ¿no se había ido?

No, todavía no. Bowie anunció a finales de año Blackstar (2016), un disco nuevo y retorcido, sublime por momentos, que salió a la venta el día 8 de enero de ese año.

Tres días tuvimos para entender, mientras arrasaba en ventas y crítica, lo que nos estaba contando en él.

Que, ahora sí…,

se iba.

A lo grande.